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El joven Bernardo Vorace escribe un diario (esta novela) en la que se intercalan sueños que explican la vida real como si fuera una mojiganga, por la que desfilaran unos humanos disfrazados de diablos estrafalarios y de animales. Parece la visión de un cuadro de El Bosco donde bailaran "grillos gigantes con elefantes enanos", y en medio del griterío "lloraba el fuego apagándose".
Surgen hallazgos geniales del poeta que, de la mano de Baudelaire, se pone a estrenar el lenguaje a cada momento para describir a la vida normal, y su lastre de tedio y nerviosismo, y a la gente desde el prisma más malévolo y cruel del que sería capaz un niño. Un niño torpe, al que las pesadas alas de ángel o de murciélago no dejaran caminar, pero que se pregunta, como el pájaro enjaulado de Tagore, si sabrá posarse en el cielo.